LA ESCRITORA ISABEL CAMBLOR SOBRE SU GALGA

ISABEL CAMBLOR con su galguita MARTA

ISABEL CAMBLOR con su galguita MARTHA

 

La asombrosa relación entre Lola y Martha

04/02/2011

Seis años me costó convencer a Alfonso para que aceptara nuevo perro en casa. Poco a poco se me ocurrió ir colándome por algún resquicio de vulnerabilidad suyo (armas de mujer, que le llaman) y, oyes, despacio pero sin pausa, por fin Martha está en casa.

Pero no me quejo de las reticencias de Alfonso: infinitamente más está costándome conseguir el beneplácito de Lola.

Lola es una mezcla de chihuahua con algo raro que me regalaron hace doce años. A pesar de contar con una edad cercana a la de Matusalén (o tal vez precisamente por eso) dedica jornada completa a la irritante actividad de refunfuñar contra el universo (lo hace mediante ladridos, gruñidos, murmuraciones perrunas y pis en el parqué).

Martha en cambio es santa; se trata de una galguita, una de esos miles de galgos que han sido maltratados lo indecible durante sus, por lo general, cortas vidas. Pero ella ha tenido suerte, fíjate: ha disfrutado del inmenso privilegio de no haber sido ahorcada, ni lanzada a un pozo, ni tampoco ha sentido como el aguijón de una jeringuilla repleta de lejía penetraba en sus venas. Ha tenido la descomunal suerte de (solamente) haber sido abandonada. Pero la diosa fortuna, en un prodigio de generosidad hacia un galgo, se ha esmerado aún más con ella y Martha no ha acabado en una cuneta, atropellada y agonizando a lo mejor durante días, como les sucede a miles de sus congéneres. El colofón ya de la buena estrella que al parecer brilla para nuestra perra fue el ser recogida por Mo, activista incansable en favor de los animales y especialmente sensibilizada por la situación de los galgos en España. Y por último nuestra propia suerte: Martha nos ha adoptado a nosotros.

La perrita tiene miedo, no sorprende mucho su actitud teniendo en cuenta el tipo de condiciones de vida al que se ha enfrentado. Como mínimo debe andar algo desconcertada.

Sin embargo, Martha fue llegar a casa y encontrar su sitio.

Concretamente su sitio es el sofá. Obvio decir que Lola no estaba en absoluto de acuerdo con que Martha se apoderara de uno de “sus” muebles. Trató de disuadirla con gruñidos, pis en el parqué, y todo lo que se le iba ocurriendo sobre la marcha, pero Martha acababa de experimentar un importante acceso de devoción hacia el sofá desde que llegó, y los argumentos de Lola no parecen haberla amedrantado en absoluto.

Los días van pasando y, bueno, parece que estas dos se van aceptándose, e incluso podría decirse que ante la llegada cualquier situación comprometida se unen para hacer causa común y así combatirla con mayor eficacia. Esto último os aseguro que resulta realmente sorprendente.

En cuanto a los demás, todos nos hemos adaptado a ella, incluido el reticente Alfonso, el que se negó a aceptar perra nueva durante seis años.

-¡No se os ocurra ofrecerle comida cuando estemos a la mesa! -advierte muy serio Alfonso.

¿Creerá de verdad este chico que yo no me he dado cuenta de que ayer le deslizó por debajo de la mesa una galleta Chiquilín? Lo vi de reojo, pero no dije nada, para qué: es sólo el sempiterno poder femenino: Martha le pone ojitos a Alfonso y el tío se rinde, no puede evitarlo.

Ojo a lo de anoche: Alfonso y yo nos encontramos a insólita hora en insólito lugar: salón, tres de la madrugada.

-¿Qué haces aquí? –pregunto, cogida in fraganti mientras le ponía una mantita zamorana a Martha porque me pareció que estaba bajando sensiblemente la temperatura.

-¿Yo? Pues nada, chica, qué voy a hacer, iba al baño –respuesta absolutamente inverosímil más que nada porque el baño se encuentra en dirección y sentido contrarios (amén de que tartamudeaba ligeramente al contestar)

-¡Ah! Al baño, ya. Y…¿esa almohadita que llevas en la mano?

-¿Almohadita? ¿qué?…esteee…¡yo qué sé! Estaba ahí tirada y… oye, que me voy al baño que tengo la vejiga llena…

Ya. La vejiga llena. Pues bien, ya que Alfonso no acaba de cumplir la misión que se proponía llevar a cabo, es decir colocar el mullido almohadón bajo la cabeza de Martha, pues yo mismita lo pongo, y ya está. Hale, Martha, buenas noches.

Llega la mañana siguiente: siete y cuarto de la madrugada. Me voy a despertar a Pablo. Tanto el niño como yo, para despertarnos bien, necesitamos un poco de mimo así que procedemos a prodigarnos unos cuantos mutuamente (simbiosis creo que se le llama).

-Mamá…

-Dime, Cielo

-Martha y Lola están desfilando…

-¿Perdón? ¿Que están queee..?

Pues sí, contra todo pronóstico, Pablo está diciendo una verdad como la copa de un pino. Lola, seguida muy de cerca por Martha, camina pasillo arriba, pasillo abajo; cada vez que pasan por la habitación de Pablo efectúan una breve parada, miran de soslayo a ver qué se cuece ahí dentro (décimas de segundo), y continúan el desfile. Cuando me levanto y me dirijo a la cocina, el desfile finaliza pero me parece observar cierta expresión de reproche en los cuatro ojos caninos. Creo -podría asegurarlo-, que esas dos pretenden que los mimos sean dirigidos exclusivamente a ellas dos.

Permitid que os presente otro ejemplo de cómo la unión hace la fuerza: Lola y Martha vuelven a hacer causa común en cuanto suena el teléfono.

¿Podría alguien explicarme por qué narices no puedo yo hablar tranquilamente por teléfono sin que dos individuas perrunas no me quiten ojo de encima? Es realmente intimidante: se plantan delante de mí. Se limitan a mirarme, largamente, fijamente. Permanecen en ese impertinente estado de trance hasta que me decido a colgar. Y no falla. Es colgar y largarse cada una a su camita, con todo el aspecto de haber alcanzado la ansiada paz tras unos minutos de estrés insoportable.

Tampoco logro entender bien este otro fenómeno: se trata de esas veces en las que llega algún alumno a casa. No dudo en encerrarlas a las dos en la habitación con la finalidad de que no intimiden al pobre alumno por osar acaparar mi atención durante una hora. Pues bien: cuando yo cierro la puerta ellas se quedan acostadas, cada una en su cama, de espaldas una a la otra y ahí podría decirse que se respira pura hostilidad. La pregunta es: ¿por qué entonces cuando se acaba la clase y entro, las encuentro durmiendo morro con morro como si fueran amigas íntimas? Y lo más sospechoso: disimulan, las tías, es verme y adoptar pose de gran dignidad.

Y nada, que así están las cosas por ahora. A ver si me hago con un buen etólogo que me explique qué fenómeno paranormal se está prduciendo en esta familia desde que llegó nuestra Martha.

Me voy a ponerle una mantita más, que parece que refresca.

Escrito por Isabel Camblor en su Blog

 

Esta entrada fue publicada en FINAL FELIZ, NOVEDADES. Guarda el enlace permanente.

4 respuestas a LA ESCRITORA ISABEL CAMBLOR SOBRE SU GALGA

  1. nieves dijo:

    Muy bonita historia
    Eso tienen los galgos. Por muy reticente que seas, llegan y te conquistan y sea lo que sea que tengas que hacer por ellos, no te importa. Yo me he pasado tres noches a -5 grados dando paseos por la noche por el jardín porque mi galga tenía diarrea. Y ¿qué importa? Que se mejore, eso es lo que importa.

  2. nadine dijo:

    He disfrutado mucho con este relato tan divertido y tan bien escrito. Muchas gracias.
    Sí, unos perros llegan a ser el reflejo de tu conciencia, es espectacular.

  3. Activista en la infancia dijo:

    Os conozco y me imagino la situación tan tierna a la vez que divertida, actualmente se que una de ellas ya no está, espero que a pesar de ello la galga siga feliz y seguro que es así.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s